Diario IDEAL,
31 octubre 2012
‘Sweet dream
are made of this, who am I to disagree, I travel the world and
seven seas, everybody it's looking fo something’ así arranca un
himno universal del grupo de la andrógina Annie Lennox y su ex
David A Steward. El sueño dulce está hecho de eso, quién soy yo
para no estar de acuerdo, viajo por el mundo y por los siete
mares, todo el mundo está buscando algo... Así sonaría en nuestro
idioma. ¿Quién, en realidad, no busca en sus sueños algo que no
alcanza a entender por su consciente? ¿Quién no desea dejarse
llevar por el deseo del subconsciente, al que no controlamos, y
que sea el dueño de nuestra vidas? Sería imposible. Ilógico. Un
juego de locura que nos llevaría a asomarnos
a un
precipicio donde no veríamos el fin. Porque los sueños no tienen
fin. Como esos sietes mares en los que navegar. Ni como esa
tierra por la que devenimos seres mortales, temporales y además,
atados por nuestros consciente que atenaza al
subconsciente.
Estoy agotado
de mi consciente. Siempre en su sitio. Racional, cartesiano. Y el
consciente de los demás es también tan agotador que, a veces, la
mejor medicina es echarse a dormir para que sea el subconsciente
el que por una horas gobierne la nave.
Siete mares y
siete sueños. Siete, eterno número. Siete pecados capitales para
diez mandamientos. Soñaras por encima de todo, como yo te he
enseñado a soñar. Muy pronto, demasiado, nos enseñan a no soñar,
a no dejarnos llevar por la bestia primitiva que nos acoge en su
interior. Los vestigios de lo que fuimos aparecen en nuestros
sueños: deseo, sexo, muerte... Sueños.. ¿qué son si no vidas?
Porque la vida, sueño es y los sueños, lejos de la vida, no es
suelo ni es nada. Es eterno descanso donde no cabe
soñar.
Llevo varios
días soñando casi despierto. Cuando soy consciente me mareo y
cuando sueño, sueño que mi suelo es vida. Y aparece mi ‘sweet
dream’. ¿Por qué debo no estar de acuerdo? Estoy deseando soñar
esta noche porque sí, lo estoy. Estoy de acuerdo con mi
subconsciente que es un soñador nato, definitivo, irreverente y
hasta sexualmente salvaje. Como los sueños.
No interpreto
mis sueños. Los sueños en vida para que cuando sueñe, los sueños
sean tan reales que apenas crea que sueño. Es el eterno sueño de
un soñador.
Al final la
letra que esboza Annie Lennox en sus labios es un canto a eso, al
sueño... algunos abusarán de ti o en otros querrás abusar tú de
ellos. Lo dice la letra. Lo dice su sueño. Y en esta locura llega
mi eterno deseo de irme a dormir porque lo que sueño es que
duerno. Y porque duermo sueño. Aunque no estoy nada seguro de que
nada de lo que he visto, oído o sentido es un sueño. Porque he
soñado que me notabas dulce en tu boca, pese a ser salada, como
la mar, esa ráfaga nívea que se deslizaba por tu forma de hablar,
a modo de garganta eternamente húmeda.
Y soñaba que
mis ojos veían, veían la luz de los tuyos, porque sanas, porque
te llevas con tus palabras silentes, mis dolores. Y sentía que
mis manos sentían, en el sueño, pese a estar
amputado de
sensaciones porque mis dedos yacen huérfanos ante la sequía que
recorre mi timón, pese a chocar, una y otra vez, contra la
olas.
Hoy te he
soñado. He soñado que eras mi sweet dream, mi intransferible
trozo de película proyectada en las paredes interiores de mi
cerebro con un único espectador. Yo mismo. Y el sueño volvía a
convertirse en bucle. Y sigo siendo yo.
No quiero
dejar de soñar. Sweet dream are made of this... y que tú seas mis
siete mares y la tierra... como Gea, como esa diosa en la que
soñar no esté prohibido por el consciente del
colectivo.
Hoy dejo aquí
mi sueño. Mi único sueño. El que me queda sin que me lo hayan
robado. Porque de ladrones de sueños está el mundo lleno. No
busques demasiado lejos. Siéntate en la escalera y lo verás
llegar. Yo ya lo sé. Es un ‘déja vú’.
Por esta calle
ya he pasado antes. ¡Despierta!