Cuéntame (II): Mi último viaje en tren
En septiembre de 2003, Francisco Ortega Chacón me dijo adiós. Cuando bajé de Madrid a Málaga en el tren a despedirlo, aún agonizante, escribí esto que ahora reproduzco, y que se publicó en octubre de 2003 en la revista "Viajeros", en la sección "El Pupitre".
Mi último viaje en tren
Cuando cogí el tren esa mañana hacia a Andalucía, sabía que el destino ponía en mi camino un último viaje, ligero de equipaje. Sabía que, al final del trayecto, encontraría la desgracia de ver a un buen hombre que estaba acabando de consumir sus últimos sorbos de vida. Recordé por el camino que, siendo niño, me topé con este hombre bueno que puso en mi alma carbón de luchador y supo impregnar mi corazón con destellos de bondad, que hasta su lecho, ahora he de recordar.
Conseguí dar mis primeras pedaladas con la Orbea, de frenos de varilla y manillar cromado, que él me compró; me sumergía en las montañas de garbanzos que se apilaban en su almacén; veía cómo se negociaban esos sacos llenos y aprendí a pesar las muestras en una báscula tan pequeña como un monedero. Monedero del que nunca se desprendió; jamás llevó cartera o billetera. Paseaba con él por los olivares y los campos de trigo; aprendí lo que era un celemín y una arroba. Con su Peugeot 404, descubrí que detrás de esa montaña estaba Peal, esperando su llegada como un general. Hombre de bien, hombre de negocios, hombre altivo y siempre generoso. Generoso con su nieto, al que nunca escatimó enseñar la verdad, a luchar y a ser más.
Mi afición al ciclismo él la hizo realidad, con esa BH de carreras que en el pueblo fue una novedad. Entre aceite y buen vino me llevó a “ligar” y con sus viejos amigos, a los que la vida ya les había enseñado todo; compartí, vino, tortas de cañamones, atún, tomate picado, mesa y mantel. Tertulias de viejos sabios, que enseñaban lo dura que habían sido sus vida, pero sus ojos estaban tan llenos de bondad, que sólo sabían explicar cómo no debía hacerse el mal. Con él aprendí a ser hombre; mi niñez me dejé, escuchando sus alientos, cuando mi carrera universitaria empecé. Antes siempre compartía paseos por Jaén, arriba y abajo, siempre comentándome lo que debía hacer para llegar a ser un hombre de bien.
Hombre enseñante, hombre paseante. Sus largos paseos, los acompañaba al final del trayecto con un chato de vino. Ese vino, que al final, no te pudo alargar la vida ni un segundo más. Cuando terminé mi carrera universitaria, que tanto te gustaba, celebramos el final con un maravilloso viaje a Pamplona, donde nos agasajaste con tu presencia y saber.
Abuelo, ahora estoy huérfano de sentir y de pensar; ahora que sé, que no volveré a verte jamás.
Me regalaste mi “montblanc”, con lo que todavía hoy escribo y siempre la llevo en el bolsillo de mi chaqueta, junto al corazón, para que sienta que estás ahí, todavía. Ya de abogado fuiste mi primer cliente, al que confiaste sin dudar, tus cuentas, tus números, tus papeles y no me confiaste tu destino, porque sabías que ese navío, no era dirigible.
Tuviste en tu casa, en un lugar privilegiado, esa foto del día de mi jura, como si se tratase de la mejor pieza de caza. En la foto no queda espacio para mí; tu orgullo y felicidad dejaban en la oscuridad a este aprendiz de abogado, al que siempre miraste confiado.
Abuelo ya no estás ¿por qué no te quedaste un poco más?.
En mi boda, siempre altanero, bailaste sin parar y no dejaste de admirar a mi suegra, por la que, hasta el final de tus días, todavía preguntabas. Con Fernando, fuiste el primero en llegar al hospital, al saber que tu nieto, te había hecho bisabuelo.
Tu bisnieto Fernando, sería para ti, como lo fui yo, objeto de deseo, deseo de protección. Con Alejandro ya te pilló cuando la enfermedad se asomaba a la esquina de tu dormitorio y llegamos a Madrid. Me llamabas todas la semanas y hablaba contigo y con la abuela, que a todos nos dejó, haces ya dos años. Ahora te ha tocado a tí.
Al final del trayecto, jamás llegue a pensar, que en una cuidad junto al mar llegarías a expirar. ¿Con quien saldré ahora a pasear por los campos de Peal?.
El año pasado tuve la suerte y el privilegio de compartir una semana, mano a mano con tu genio y figura. Ya hablabas menos, pero no dejabas de recordar tus viajes con el carro, la abuela, las telas, los pollos y esa gran operación que fue la adquisición de “El Llano”.
El tren se acerca a Málaga, ciudad bañada por el mar, mar que tanto nos gustó, mar que tanto nos unió. Desde Águilas a Terreros, pasando por Aguadulce y Motril; Torredelmar y Marbella; tomamos sol y Berberana; nos llegamos a bañar incluso en la playa de Valdelagrana. Abuelo tantas cosas te diría, que hora te escribo, para que no dejes de sentir que pese a mi tristeza y amargura, dejas en mi, un poso de alegría. Este viaje se acaba, y a los pies de tu cama, junto a la que el tren me ha traido, veo cómo llega tu último latido, que te ayudará a atravesar ese río sin retorno, al que ya no volverás jamás. Viajamos juntos y sin prisa, desde Jerez a Cádiz, pasando por Gibraltar; vimos Triana en Sevilla y en Málaga, descansamos junto al mar. Ubeda y Cazorla, Macael, Baeza y Antequera, Hinojares y Jaén; Peal de tus amores, ya se ha parado el tren.
Ya se fue mi abuelo, ya me dejó y ahora que puedo, sin trampa ni cartón, te digo bien sincero: me has robado el corazón tú, hombre de bien, al que todo el mundo llama Francisco Ortega Chacón.
Hoy, a tu sombra, quiero
ver estos campos de mi Andalucía,
como a la vera ayer del Alto Duero
la hermosa tierra de encinar veía.
Olivo solitario,
lejos del olivar, junto a la fuente,
olivo hospitalario.
que das tu sombra a un hombre pensativo
y a un agua transparente,
al borde del camino que blanquea,
guarde tus verdes ramas, viejo olivo,
la diosa de ojos glaucos, Atenea.
(Olivo del Camino. A Machado)
Madrid-Málaga septiembre 2003



