Despedida
Corría pensando si llegaba a tiempo. Pero el reloj estaba parado. La sensación era extraña. Apenas si había viandantes por la calle. La valla blanca de su casa estaba a escasos cien metros. El asfalto se estaba derritiendo. Las suelas de sus zapatillas Nikerson terminaron por hundirse en el negro y pringoso barrizal pretrolíneo. Era un barrio de acomodadas familias con enormes coches aparcados en su puertas, llenas de balancines y juguetes de niños que, ahora, estaba desaparecidos.
Llegando al número 42, antes de abrir la diminuta puerta de listones blancos, una especie de mantel pobretón asomaba por la esquina derecha de la casa de Noely. El corredor, tras su esfuerzo, sabía que aquella señal no era buena.
Él se acercó. Sin mediar palabra, Noely, sentada sobre un viejo tronco, susurraba... me voy, me voy...




Comentarios sobre Despedida
Petite morte...
Se derritió el asfalto, cuando su pequeña muerte se mezcló con el océano.
Gracias Tom... a correr...
Océano asfáltico para mares que se llena de ríos nasciturus del arco que separa las rodillas femeninas...