Diario de un post yupi
Diario IDEAL, 29 agosto 2012
La ciudad ya no presenta la misma cara que habitualmente. El sol ahora parece un huevo frito colgado de un celofán con el que suelen envolverse los regalos para ricos. Él mira a través de los cristales. La avenida está como siempre, repleta de insectos mecánicos. El amanecer tiene ese toque mágico como los partos: algo nace cada amanecer... una aventura, un amigo, un adiós, una muerte.
Enfrentarse al día es como coger un toro por los cuernos al que, hincando la rodilla en tierra, lo doblegas porque le susurras al oído canciones de amor. En este caso él, está empitonado. El toro salió sin avisar y ahora se tatúa en el brazo los tres tercios. El tercero, el de la muerte, el del fin, nunca podría imaginarse que generase tanto dolor. Un dolor angustioso que le hacía vomitar cada amanecer.
Sin embargo y pese a que sus vómitos eran compañeros inseparables, él asumía con optimismo su parto diario.
Se gira sobre sí mismo varias veces antes de dirigirse al
armario. Sus pasos son lentos, seguros, camina sobre la muleta
roja de su casa como esa novia que se desliza sobre su deseo al
ir llegando al altar. En esta ocasión, el armario es fuente de
toda contrición.
Abre sus hojas. El viento del norte estaba escondido tras su
trajes y le insufla un ánimo desconocido. Deja en el ambiente
notas musicales de canciones olvidadas, preñadas de herrumbre que
hace chirríar cada nota. Allí en el armario, huele a muerto, a
caso cerrado, a punto y final.
El director de escena le grita desde el fondo del dormitorio para que vaya descolgando uno a uno, todos y cada uno de sus trajes. Convenientemente ordenados: colores y estaciones. No es plano de un metro; su tren sólo para en primavera, verano, otoño e invierno. Simples y sencillas estaciones.
La música que deja el viento le acompaña en su armónica puesta en escena. Uno a uno van cayendo sobre un enorme espacio en blanco: ¿una bandera de paz? No; un sábana bajera que esta vez se convertirá en un liberador hatillo. Se escapará de su casa con una enorme bolsa repleta de trajes.
El tintineo de las perchas vacías van componiendo un acompañamiento metálico a la canción ventosa. El cubículo de madera empieza sentir frío. Se está vaciando. Están extrayendo de él todas su interioridades, mentiras, peajes; sus tripas salen caminando para acabar dócilmente acostadas sobre una blanca sabana en la que los tigres y los leones, sólo existen si coges un bolígrafos y los trazas en sus suaves extensiones.
Desnudo el armario, es hora de diseñar el cierre. Comedidamente, una a una, coge con cuidado cada una de las cuatro esquinas. Se cierra la carta. 'Querida Milagros, esto es para ti; quédate con todo. Te lo regalo, pero no te lleves mis trajes. Son lo único que tengo. Mis compañeros “sine die”. Por más que mires sus forros no tiene fecha de caducidad'.
PD: Con este relato cierro un verano extraño. Muy extraño. Nada ha sido como parecía ser. Todo o casi todo, es mentira. O verdad. Como lo que escribimos. Cartas de amor desesperadas o simples anotaciones que nos sirvan de gancho en este país cada vez más gris. En la película 'Perfect sense' sus protagonistas pierden poco a poco sus sentidos. Como este país. Un país sin sentido. Casi como el verano que se va. La semana que viene volveremos a la trinchera. Hay munición para gastar.