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Viaje en VAGAMUNDOS

De cañitas por 'Cai'

Hacía una pila de años que no pasaba por las Puertas de Tierra de la capital gaditana. Este año, bien acompañado, me descolgué desde la entrada citada hasta el puerto y desde allí, buscando el casco antiguo del viejo fortín, callejeamos. La ciudad está de obras ya que en breve estará de celebraciones. 200 años de Constitución. Para los menos avezados en lides jurídicas, España se define por primera vez como nación, por ejemplo, en la de 1812. Ahí comienza la nueva era constitucional -y liberal-. Por eso Teófila le está dando un charipeo a la ciudad de aupa. Quedará bella. Como se merece. Y merece la pena perderse por sus callejas, repletas de Historia e historias, cañones, batallas, descubrimientos, papeles, juntas y levantamientos, por cada una de sus esquinas. Tomé cañitas y tortitas de camarones en un bareto junto al mercado de abastos. Barato y ¡¡riquísimo to!!

Brugal+Spotify+Bitacoras

Imagínate que los bloggers creáramos una lista en Spotify de nuestros diez temazos indispensables y la compartíeramos en nuestros blogs. Imagina también que hubiese un lugar donde aparecieran todas esas listas y se pudieran escuchar y votar. Por último, imagina que además hubiese un concurso que premiara la mejor lista con un viaje para dos personas a República Dominicana.

Eso es lo que ha hecho Bitacoras.com ( http://www.facebook.com/l/;Bitacoras.com) gracias a Ron Brugal. El concurso ya está en marcha y hay de plazo hasta finales de julio. Además puedes conseguir invitaciones PREMIUM de Spotify en la web de Brugal.

¿Te animas a participar? 

Tienes toda la información en la página del concurso.

Enigmático desierto (VII) Amanece

Hacia las seis de la mañana comienza a amanecer. Los berridos de los dromedarios hacen esta vez, de canto de los gallos mañaneros. El sol nace dibujando una perfecta moneda en el horizonte de levante.

Los dromedarios son tatuados por los rayos del sol contra la línea que se divisa y que parte el cielo de la tierra. Son minutos de una majestuosidad serena. La naturaleza, el universo, siguen su ritmo. Los hombres nos empeñamos en cambiarlo pero la fuerza de los elemetos es tal, que son ellos los que marcan el devenir de los días y las noches; las estaciones, los años...

Hora del desayuno. Jamel ha preparado un magnífico pan de arena. Todos nos levantamos. Después, regreso.

Volveremos sobre nuestros pasos; habremos dejado atrás las horas en las que el hombre, debió reconocer que la grandiosidad de un elemento, como es el desierto, bien merecía no estas páginas, sino una vida entera. Será absolutamente inecesario explicar lo inexplicable. Lo indefinible. Lo inalcanzable.

Me quedo con la frase de Jamel: El desierto es nuestra madre, la madre Tierra.

 

Enigmático desierto (VII)

El fuego tocaba a su fin. Las canciones se disolvieron sobre las dunas como besos en las espaldas de los amantes. Tras saltar y cantar, era hora de pasar a la pequeña jaima instalada con mimo entre matorrales. Las mantas de lana eran casi planchas de plomo. Pero realizaban su misión. Cubrían del intenso frío que comenzaba a sentirse; evitaba que el viento nos metiera la arena en las partes más recónditas de nuestro cuerpo.

Nos fuimos retirando. Tumbados en sociedad. Unos viajeros durmientes con sueño colectivo. Sensaciones oníricas a ras de arena. Más silencio.

Tumbado dentro de la jaima, me coloqué en la parte más externa de la misma, con lo que el techo sólo evitaba que durmiera, literalmente, al aire libre. La arena acompañaba al viento con su silbido permanente. El silencio se hace cada vez más audible. Más viento.

Mientras, algo llamó poderosamente mi atención. ¡El cielo! No sólo estaba preñado por infinitos puntos blancos, millones de estrellas, sino que pese a no haber luna, su color no llegaba a ser negro. Era de un gris plomo plateado. Además, la arena brilla por la noche. Despide una luz especial que permite tener una visión razonable. Sin luna, con estrellas, la arena ilumina los pasos de caminante, del que yerra por los desiertos de la vida.

Este espectáculo te subyuga, te mece, te susurra al oído... hasta que consigue dograrte y pasar a la fase más involuntaria: el sueño.

Durante las horas que dura la noche, son muchas las veces que abro los ojos para ver el cielo; éste ofrece distintas tonalidades; pero nunca es negro.

 

Enigmático desierto (VI) Llega la noche

La tarde se echó casi sin avisar. Los guías, con Jamel a la cabeza, comenzaron a preparar la viandas y la cena. Cuscús y café. Ese era nuestro menú para la cena desértica. Mientras, todos sentados alrededor del inquieto Jamel -que preparaba la hoguera- íbamos, esa vez en inglés, comentando la jornada, los avatares del día, nuestras actividades. Los de Ikea eran de traca. ¡Menuda familia! Pensaba que si la empresa se arruinaba todo ellos se irían a la calle, problema que, a estas alturas del viaje, se me antojaba absolutamente irrelevante. Sin luz, sin agua, sin servicio, sentados en la arena ¿qué pintaría Ikea en este lugar? Pues bienvenidos a la república independiente del desierto.

El fuego comenzó su andadura. Nos calentaría por la noche, nos iluminaría y nos dejaría llevarnos al estómago algo de comida caliente. Por esas horas y en estas latitudes, mi hambre era escasa. Casi nula. Estaba más pendiente de las aventuras que Jamel me contaba, que de otras cosas. Lo observaba como azuzaba el fuego, colocaba las ollas, hacían el cuscús... Nunca estuve tan cerca de un hombre tan sencillamente básico.

La noche comenzó a extender su capa negra sobre nuestras cabezas. El corro alrededor del fuego se iba estrechando. Comenzamos a sentir frío. La arena baja de grados centígrados, por segundos, hasta quedarse casi congelada. Tuvimos que calzarnos. Hacía frío. Más pegados y más cercanos, unos y otros, éramos una tribu de modernos occidentales, perdidos en la inmensidad del desierto, sin más compañía que la luz de un fuego y las sintonías de unos dromedarios, alguno de ellos en celo, que rompía lo cautivador del momento.

La señora negra nos envolvió en mágicos destellos de un fuego que nos arropó a todos durantes horas, quizá siglos, una vida, una eternidad.

Tras acabar con la cena, Jamel sacó su enorme timbal. Comenzamos a cantar, bailar alrededor del fuego; palmas, saltos... primitivos hombres de cuidad envueltos por quejidos africanos. ¡Qué lejos estaba la tétrica M-40 de aquel destino! ¿Qué color tendría el cielo de Madrid a esa hora?

El fuego iluminaba los rostros embaucados de todos nosotros. Durante los eternos minutos que duraron las canciones, los bailes, el danzar alrededor del fuego, me asaltó el recuerdo de la transformación de Teniente Dunbar en «Bailando con lobos».

Lo primitivo, lo original, es capaz de seducir al hombre más que el aborrecible brillo del dinero. Fluidez elemental para necesidades básicas. Aquí, ahora, todo natural, sin distinciones, ni clases sociales. Éramos iguales, etéreos, microorganismos engullidos por la inmensidad de la naturaleza.

*Foto: nuestro campamento

 

Enigmático desierto (V)

Comenzamos a serpentear yendo por las faldas de las dunas. Mientras, Jamel y yo empezamos una conversación que variaba del italiano al francés, de ahí al español... En esos minutos llegué a comprenderlo, a sentirme casi su hermano. El desierto, decía, es nuestra madre. Hay familias que cuando tienen vacaciones vienen con sus hijos tras acabar el colegio, dos o tres semanas al desierto. Es su descanso. Días en el desierto. Se vuelve al seno materno. Se regresa a ese trozo de Tierra que nos parió a todos.

A lo largo de todo el camino que hice a pie, no sentía el calor de la arena; a veces incluso estaba fría. Era una sención muy extraña. Era la primera vez que caminaba descalzo durante tanto tiempo sobre la harina quimérica del desierto. Recodaba a la fuerza, los elemento de Coelho. Quería, deseaba, soñaba hablar con el desierto. Allí estaba. Era mi oportunidad.

Algo se vió a unos centenares de metros del lugar por donde trasitábams. Era el techo de nuestra jaima. La tienda que esa noche nos albergaría. Al llegar, había dos guías más: Alí y Mohamed. Estaban ultimando los primeros preparativos para pasar la noche.

Los dromedarios se detuvieron. De nuevo a tierra. La expedición había llegado a su fin. Estaba atardeciendo; nos situábamos  a unos doce kilómetros, aproximadamente, de nuestro punto de origen. Máximo silencio, roto por la llegada, desde levante, de otro grupo de expedicionarios que destacaban por el blancor de sus pieles. Al llegar y presentarse, descubrimos que eran suecos. Una familia completa de níveos suecos que trabajan, todos, en Ikea.

Jamel nos hizo sentarnos alrededor de unas mantas y comentó que en el desierto no hay distinciones. Todos debíamos compartir lo que tuviéramos. Comeríamos y beberíamos del mismo recipiente.

Enigmático desierto (IV)

Cubrimos el primer trayecto de la jornada. Han sido sesenta minutos de cabalgar sobre un dromedario. Jamel nos insistía en que era como un caballo, pero me temo que no; no era -ni es- lo mismo. Llega la hora del descanso. Los dromedarios se detienen y se echan sobre la arena para dejarnos bajar. Podemos hacer las primeras fotos.

Subo a la duna más alta que tengo a mi derecha. Me coloco en su cresta. No lo puedo evitar. Lloro. ESs algo impresionante. Jamás vi un espectáculo tan impresionante ante mis acuosos ojos. Estaba ante uno de los mayores espectáculos naturales de esta Tierra nuestra. La arena, miles, ¡millones de dunas! adornaban el horizonte, dibujando a derecha e izquierda, las enormes figuras de eternas mujeres que dejan sus infinitas piernas relajadas sobre la tierra que ahora pisaba. Me tuve que sentar. Comencé a acariciar la arena. Su tacto era sedoso, suave. Parecía harina. Mis ojos alcanzaban a ver una enorme extensión de kilómetros cuadrados. Algunas lejanas palmeras semi enterradas, era lo único que conseguía romper el juego de un arco iris de marrones que impregnaba todo lo que era capaz de ver.

Fueron segundos de emoción. Oía mi corazón latir con rapidez. Emoción. Estaba allí. Entrando a unos de los corazones más abrasadores de los que se conoce en el planeta.

Jamel llamó mi atención. Debíamos seguir. El resto de la expedición comenzaba a dar muestras de quemaduras en sus rostros y en los empeines de sus descalzos pies. Mis piernas estaban demasiado tensas y decidí retar a nuestro guía. Quería seguir el resto del trayecto a su lado. Descalzo; sintiendo el latir de aquella arena en las plantas de mis pies. Jamel,  no lo dudó. ¡Adelante!

El resto de expedicionarios montó en sus dromedarios. Continuamos nuestro trayecto. Nos debían quedar, al menos, otras dos horas de marcha.

*Foto: Jamel y Vagamundos. De espalda. Dromedarios

 

Enigmático desierto (III)

En Douz contactamos con los organizadores de nuestra aventura. Nos muestran al resto de la expedición. Seremos sólo cinco. La temperatura exterior es de 32º. Para el único español de estas latitudes, el calor que parece que hace en la calle, es bastante soportable. Nos obligan a comprar dos botellas de agua y nos muestran los lavabos donde, si queremos, nos podremos duchar al día siguiente al regreso de nuestra noche en el desierto.

Caminaremos a lomos de los dromedarios durante tres horas, alejándonos todo lo posible de las luces de Douz y poder sentir, de verdad, una noche en el desierto.

Unos taxis nos llevan a una enorme explanada que se extiende al final de esta ciudad y donde, cada año, se celebran los encuentros de tuaregs y bereberes, en torno a la fiesta del dromedario.

Allí está Jamel con sus cinco dromedarios. Habla francés, alemán, un poco de italiano, pero nada de español. Con pocas palabras y por el color de mi piel, me identifica. No soy como los demás, pero tampoco soy italiano. Jamel se ríe al decir que 'España y Túnez son muy parecidos'. No sé si lo dice en francés, árabe, italiano o alemán. El caso es que lo entiendo.

Nos monta a todos en los dromedarios que nos llevarán a navegar entre las enormes dunas que ya se presentan, sin comitiva, ante los ojos occidentales que no entienden el lenguaje de la arena.

Comenzamos la marcha; lenta marcha. Jamel, me concede el honor de montar el dromedario más alto y rápido de los cinco, ya que según él, soy también el más alto del grupo. Por tanto, me toca cerrar el grupo.

Tras la primera hora de camino, las piernas se resienten. No es habitual manejar un dromedario en estos tiempos que corren. Durante la primera hora de camino observo que Jamel, va andando y descalzo. Nos paramos entre las primeras grandes dunas. Hemos dejado atrás otros grupos a caballos, en quads o carros que sólo están una hora en el desierto. Comienza el silencio.

*Foto: con Jamel descansando

 

Enigmático desierto (II)

Al llegar a El Hamma sabemos que estamos ya en otro mundo, otra cultura, otro territorio. Los restos de visitantes y turistas han desaparecido. Los autocares repletos de ellos no paran por estas latitudes y utilizan la carretera de Matmata, más al sur, para sus meteóricas visitas en manadas humanas.

En El Hamma el ambiente huele, como en mucho puntos de Túnez, a cordero. Huele a cordero por todas partes. Estos animales se ven colgados a cientos por los innumerables bares que existen a lo largo y ancho de todas las carreteras y pueblos por lo que vamos pasando. Por aquí aparecen por doquier hombres y mujeres subidos en carros, niños jugando descalzo en las calles. El tiempo parece haberse parado en esta parte del mundo.

Tras El Hamma y hasta Kebili, más kilómetros de tierra plana, donde sólo hay ya matorrales. El marrón y el ocre comienzan a dominar todo el panorama. El tráfico es casi inexistente. Varios camiones cargados de cemento de una destartalada fábrica que existe a medio camino entre estas dos poblaciones, es lo único destacable. El sol comienza recobrar su brillo.

Kebili es anunciada como una cuidad donde hasta hace bien poco, era puesto habitual para el tráfico de esclavos. Así es. La población negra destaca rápidamente entre los viandantes. Douz no está a más de 20 kilómetros. La luz del sol parece que vuelve a su estado natural, poco a poco. Parece un sol cansado.

En estos pocos kilómetros que nos separan de nuestro punto de destino, ya se ven los primeros oasis y plantaciones de palmeras datileras. Kebili nutre de dátiles a toda Túnez y eso se nota. Miles de palmeras comienzan a sembrar el horizonte de balanceantes y sugerentes saludos a los que llegan.

Si hasta Kebili el paisaje estaba cargado de palmeras y matorrales, desde aquí hasta Douz, de repente, todo va desapareciendo. La arena comienza a tragarse todo lo que se encuentra en su paso. Ahora las palmeras están más salteadas; su imagen ya no es la de las grandes plantaciones, sino que son ligeras manchas verdes enterradas en una dulce y sedosa arena. El desierto está cerca.

* Foto: El Hamma

Me dejé sentado

Ha sido necesario. Sí. Me levanté; me dejé sentado en aquella terraza. No conseguí elegir destino porque el destino me guardaba la carta de ser errante: persona que pone herraduras a los errores. Aún no he logrado que ninguno de ellos  vuelva a sentarse junto al que dejé tomando café, una mañana, sin apenas sol. Pero, he recibido una carta. Era el sentado el que me escribía. Añoraba mi presencia, el calor de mis manos, el seguir aprendiendo cuántos colores tiene una luna o si se es capaz de menguar hasta ser igual que un diente de león, de esos que una corredora regala a su fiel lazarillo. He acabado de leerla. Y no lo he dudado. Abrí la puerta de ese lugar sin nombre para regresar a la terraza, a verme, a saludarme, a preguntarme, sólo, por las cosas sencillas que pueden observarse en una terraza de una cafeteria cualquiera. En cierta manera me he añorado también. Las baldosas, secas por el pasos constantes de los niños con paraguas rojos, me han devuelto a la silla contigua de mi mesa. Ha ido un reencuetro tranquilo, sin excesivas celebraciones. Nos hemos levantado y casi sintiéndonos uno solo, hemos decidido preguntarte si nos dejarás otra vez leer el tatuaje de tu cuello.