El paraguas rojo (El pupitre -junio 2005-)
La memoria no sólo se construye con recuerdos, más o menos agradables, sino que viene a completarse con el juego de los sentidos. Y esos sentidos fueron los que, en días pasados, provocaron en mi, la aparición de recuerdos, quizá abandonados en el baúl de la memoria, bien por la falta de tiempo para repasarlos o bien porque no tuve ocasión de jugar con mis sentidos para traer al presente sonidos, olores o sabores de un pasado no muy lejano, pero sí perdido en el último cajón del archivo de mi ocupado cerebro.
Tuve la oportunidad de pasar por Motril a besar y reverenciar a mi única abuela, Mimí, que por suerte, aún comparte con nosotros los latidos de su corazón. Pensé que era un buen presente dejarla disfrutar de la presencia de sus biznietos. Mientras esta estampa quedaba pegada en el álbum de su vivencia, me dejé caer por la casa, ésa dónde ella y mi otro abuelo, su marido Paco, vivieron durante muchos años.
La casa, ahora en fase de acicalamiento como una niña presumida por su actual propietaria, mi tía Sacrita, la recorrimos juntos por todas y cada una de las habitaciones. Siempre será la “casa del jardín”, ese jardín que cuando tenía el “boje” crecido, hacía que mi abuelo Paco me diera mil pesetas en vacaciones por cortarlo, pese a tener unas agujetas tremendas, el menos, durante dos días.
El jazmín que coronaba la entrada, me ha dejado marcado para siempre: noches de verano, húmedas, tropicales...Este recuerdo provoca que cada vez que paso por un jazmin no resista el coger una de sus delicadas flores blancas y la frote, una y otra vez, contra las palmas de mis manos y me deje embriagar por ese olor tan sensual. Huelan un jazmín. Noches de Andalucía.
Las habitaciones de la casa han sido respetadas casi en su totalidad, salvo algunas paredes que han sido modificadas para unir o aumentar unos metros cuadrados la extensión de las mismas. Desde el primer momento, y en la entrada en la casa, veía al abuelo Paco sentado en su sillón de enea (que por cierto tengo en mi casa), con su inagotable cigarro, tomando el fresco y disfrutando del silencio del jardín. En esa enorme entrada-distribuidor, corrí, jugué, salté e incluso observé como Paco, mi abuelo, daba cuerda a un enorme reloj de pared negro que cada hora marcaba con sus campanadas el transcurrir del día y de la noche.
La escalera que lleva a la parte de arriba ha sido respetada en su integridad, manteniendo su magnifica baranda de madera. Allí competía con mi tío Pepe a ver quién saltaba desde el escalón más alto. Siempre me ganó. El patio sí ha sido reformado porque los daños que habían dejado las dos enormes palmeras que había en su interior, lo demandaba. Alli Mimí regaba incesantemente su magnífica colección de macetas: geranios, aspidistras, coleos, helechos, cintas...El salón también ha sido respetado, salvo que se ha abierto una entrada al patio, dándole más luz. En ese salón vi muchas películas en blanco y negro, primero, y en color después, con mi abuelo, que siempre hacia de voz en “off”, comentando en voz alta, todas y cada una de las escenas de una de vaqueros, cuando no le daba por llorar a moco tendido por cualquier escena (debilidad que reconozco he heredado; sí, lloro y mucho viendo “pelis”). La parte superior de la casa guardada el mismo aire que entonces. Allí se repartían los dormitorios de ellos, mis abuelos y de mis tíos y por supuesto de mi madre. Noches de Reyes, días de procesiones en Semana Santa, veranos de una niñez feliz...todo eso se paseó ante mis ojos al ver cada una de las habitaciones, con sus ventanas abiertas abrazadas por una luz sureña que se colaba por sus costados.
También tuve ocasión de recordar que, teniendo no más de seis años, estuve acudiendo a una escuela (hoy sería una guardería) en el “callejón de la sacristía” de la Iglesia mayor, muy cerca de la casa. En aquellos días del 74 ó 75 llovía intensamente y estaba enamorado de un miniparaguas rojo que fue de mi madre, con su puño de madera que me gustaba usar para ir a la escuela. Mi tío Pepe siempre me decía: ¡dónde vas con ese paraguas que te van a tirar piedras por la calle! No sé que fue de aquel paraguas, pero se quedó conmigo para siempre. El paraguas rojo.
Terminando la visita y tras asomarme a la enorme balconada que preside la fachada, sólo me quedó inspirar aquel aroma, el aroma de la casa, de la que fue la casa de mis abuelos, de la que fue mi casa. Mientras, mis hijos cogían caracoles en el jardín. La misma estampa pero con casi treinta años de diferencia: algunas ausencias, algunas separaciones, algunas uniones, algunos nacimientos más; esas eran las diferencias; el ciclo de la vida. La casa, el jazmín, Mimí, mi abuelo Paco, el paraguas rojo, siguen siendo los mismos. Son míos para siempre.
*Publicado en la revista Viajeros. Junio 2005
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