Su casa
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Llevo varios días abandonada. Nadie ha pasado a saludarme. El tacto de las manos humanas se me va a olvidar. Estoy cansada de gastar todo mi tiempo tumbada, sin hacer nada, sin enseñar, sin escribir. Pese al ruido que se oye, estoy embargada por este marasmo diario. Miro, una y otra vez, el reloj de la pared. Los segundos caen como ladrillos. Lejos quedan aquellas horas en las que trazos suaves perfilando círculos, rayando cuadrados o simplemente escribiendo palabras fugaces, daban sentido a mi vida. Todo, una vez usado, era escrupulosamente eliminado. Pero a mi no me importa. Es mi liturgia. Delete dice la chiquillería gritona. Odio los anglicismo. Pero últimamente los oigo por todos lados. ¡Mándame un sms!; anoche no hablamos por el messenger; he colgado a mi hermana en youtube.
Los alumnos de sexto hay que ver lo que saben. ¡Han visto tanto mundo! Sin embargo, yo, que llevo toda la vida dedicada a la enseñanza, no he podido ver el Mundo que ellos ven; oír con lo que ellos se taladran sus púberes tímpanos o dejarme colorear el brazo, el pubis o uno de esos pechitos aún por desarrollar, con aguja y tinta. No; yo sólo a enseñar. Ser fuerte, duradera, indestructible. Siempre al pie del encerado para que todos me vean, me usen, y hasta me utilicen como arma arrojadiza. Y jamás me piden opinión. Soy una víctima de este sistema de democratización por abajo. Soy un despojo inútil.
Y ahora que lo pienso: ¿por qué no decirlo en voz alta y clara?
Eran las once. Sonó la campana. Los alumnos de sexto salieron en orden. Tres hombres, en fila, simulando un mini ejército de ocupación y vestidos con monos azules metálicos, cruzaron la clase en perfecta sinfonía. Los politonos de los últimos alumnos en salir, dejaban en el ambiente un cruce de notas que formaban la banda sonora de aquella hora.
¡Una, dos y tres! El trío, al unísono, descolgó la pizarra. Así, la única tiza blanca, de yeso, vieja, roma, caía al suelo. El más alto se la guardó en su bolsillo. Otros dos hombres anónimos entraron. Llevaban en su manos un rollo de papel blanco satinado, brillante. Es el couché de la nueva enseñanza. Y en sus manos un buen puñado de rotuladores de colores.
Ella, en aquella oscuridad, sentía que algo pasaba. A escasos segundos de hacerse la oscuridad total, vió una ráfaga de luz ante sus ojos que la cegaba, mientras un vendaval envolvía todo su cuerpo. Y una humedad fría y extravagante comenzaba a recorrer su desgastada estructura nívea.
Su tumba, un charco a la salida del colegio.
Para siempre, aquella mancha blanca duraría for ever en la entrada de la que fue, durante toda una vida, su casa.




Comentarios sobre Su casa
Fernando
Te disfruto tanto..
Ahora te leo desde Oakland, siempre mi tecito o cafecin..y tu con toda tu verborrea y tu vomito literario que me hace completamente feliz.
El uso que haces de las palabras, la entonacion, (tu voz!!!!) eres una delicia total, espero con ansia otro libro tuyo, en mi biblioteca hay espacio para todo tu material.
Tal vez nunca lo he dicho..te descubri una madrugada fria en Mexico city en mi hotel, sin poder dormir.. entre aqui y te vi, pase leyendote una buena parte de la madrugada, y me dije -que clase de poeta intelectual cachondo y sexy - jajaja YA LO DIJE........
El progreso entierra algunas costumbres, pero para no olvidarlas ya te tenemos a ti.
Estoy con Pilar, se te disfruta mucho.
Bss.
Gracias Pilar... por tu socmentarios tienes tendencia a al inquietud física... si no estás en Oakland, estás en México DF y si no en Los Ángeles o San Francisco... muy cosmopolita... l que más me gusta es que además me leas desde todas esa variedad de lugares. Un día, me convertiré en maleta y dejaré que me lleves.
Bss
Gracias Anna... por dejarme ser un placer... Bss
Hazlo.. sin duda lo pasaras bien.
Un besote ..
Ps. te escribo desde mi hotel en disneyland..mis hijos duermen como gnomos under a mushroom..
Besitos
Qué barbaridad PIlar... ¿por qué no haces una guía de viajes?
Esperaaaaaaaaaaaa... que me estoy transformando en una samsonite....