En este yermo paraje

 

Diario IDEAL, 29 de enero 2014

Llevo varios meses sin ir al cine. Y créeme que lo siento mucho. Ahora sé que muchos cines están volviendo a la vieja moda del ‘día del espectador’ y por cuatro o cinco euros, podremos asistir a las proyecciones que por otras tierras hispanas, se sitúan en el entorno de diez euracos que, en mi caso, se multiplican porque no suelo ir nunca solo. Y claro, pagar treinta o cuarenta por ‘convidá’, da para llenar casi medio carro de comida. Pero esta ausencia y asistencia a proyecciones en la gran pantalla me está afectado. Y de qué modo. Me noto ausente de imaginería plástica y en movimiento. Ahora que mi ojo se fija en detalles que veo a través de una mínima y escueta ventanilla de la Nikon D40, me siento huérfano de planos grandes, picados, un travelling o un acongojante silencio que te hiela los huesos sentado en tu butaca. Si no recuerdo mal, fue este pasado verano cuando fui por última vez al cine. Y me niego que esto sea la tónica de este 2014. La verdad es que los peperos nos jodieron con su subidita del 21% de IVA, pero un cinéfilo confeso como yo, no puede pasarse más de seis meses por un desierto cinematográfico por mucho que ‘Fotogramas’ me ponga los dientes largos cada mes al enviarme, puntualmente, el ejemplar al que estoy suscrito desde hace la tira de años.

Mientras consigo llegar al oasis de una taquilla me conformo, aplacando mi mono, con saltos irregulares por los diferentes canales de la tele, que se notan que están en crisis, porque las novedades son cada día más escasas. Destaco el esfuerzo de TVE que, a través de sus diferentes programas de La 2, nos ofrecen pelis, la mayoría europeas, de formidable factura que, en la inmensa mayoría del os casos, son absolutamente desconocidas para el público en general. Y no hablo del cines francés.

Pero es que ir al cine es una de las liturgias más románticas que existen ya que, pese a las nuevas tecnologías, internet, la redes sociales, sigue siendo igual de mágico, solitario y estremecedor. Puedes ir acompañado pero mientras que dura la proyección, te sientes abducido por una pantalla que, en realidad, te proyecta historias en las que muchas veces te gustaría participar, ves actrices de las que estás profundamente enamorado, descubres planos infinitos o simplemente, adoras estas obras de arte de mano de algunos directores que nunca pasarán de moda.

No recuerdo cuándo fui por primera vez al cine. Pero sí recuerdo ir muchos domingos al matiné del cine ‘Toxiria’ en Torredonjimeno por veinticinco pesetas. De cómo mi madre no me dejó ir a ver ‘Viaje al centro de la tierra’ porque la función de tarde costaba cuarenta y cinco pesetas o de cómo vi ‘Fiebre del sábado noche’ en el cine de verano del pueblo, con diez años, o la primera ‘Guerra de las galaxias’ Por supuesto recuerdo el Coliseo Viñas de Motril, donde vi casi todas las pelis de Bud Spencer, Bruce Lee o James Bond, o el colón que tuvimos que hacer en el cine Asuán de Jaén para ver el estreno de ET. Nunca jamás vi una cola tan larga para ver una peli en Jaén. En el Darymelia vi alguna de Disney y la ‘Guerra de papá’. Luego ya vinieron los Alcázar, Cervantes, Avenida, hasta los del ‘Pryca’. O cómo fui por primera vez al cine de Tenby (Gales) a ver el estreno de ‘For your eyes only’, la quinta entrega de Roger Moore como Bond. Fue fantástico verlo todo en ‘versión original’ algo que no estaba muy al alcance de todos en aquellos años en España, ya que las pelis se consumían en versiones dobladas. Hoy sigue siendo así pero la tecnología nos permite visionar, al menos en TDT y dvd, versiones originales, que son una verdadera delicia. La serie Downton Abbey sin ir más lejos es un buen ejemplo, como de experiencia terrorífica es oír a Bruno Ganz, interpretando en alemán a Hitler en la fantástica ‘El hundimiento’. Por supuesto cines de excepción y con proyecciones en V.O. siguen existiendo.

Podría seguir así contando lo mucho que me ha aportado el cine a mi vida. Tan es así que hoy que no sabía de qué escribir y he aprovechado este yermo pasaje por el que transito con más pena que gloria para poder compartir, con gusto, esta columna entre sosegada y añorante por la llegada de horas en esas butacas de insustituibles sensaciones y emociones.