Exilio

 

 

 

 

Ideal, 6 mayo 2009

Curiosamente tengo un post escrito en mi blog Vagamundos, con el mismo título que, ahora que busco información, hallo. Es de 5 de mayo 2008 y relata la llegada del protagonista a un país donde todos están desnudos. En esa anotación bloguera de hace casi un año exacto, usaba esta cita. Decía Juan Gelman que la escritura de poesía sólo es posible cuando el poeta se exilia de sí mismo. El que escribe es otro, un desconocido.

Las palabras del poeta, en todo caso, sirven y sobreviven para aquellos que queremos apagarnos siendo recordados por lo que hemos dejado escrito. Puede sonar pedante, pero es lo que quiero y por tanto, me da igual lo que se piense al respecto de mi afirmación anterior. Al no creer en la existencia de otra vida, permaneceré por la carga genética impresa a mis descendentes y por las obras que permitan recordarme.

Y es que en el arte de la escritura uno debe exiliarse, cada día, cada segundo, como ahora me pasa al teclear esta letras. No piensen ustedes que estoy donde parece que estoy. No. Permanezco sentado a sobre un botijo en el que van a ser metidas tres princesas antes de que su padre las tape con pez.

Ese exilio, por ejemplo, le fue necesario a Maruja Torres, que el pasado jueves -mientras que muchos huían a descansar ante las convocatorias de los estafadores sindicalistas- estuvo en Jaén, para poder sobrevivir. Abandonó la redacción de su periódico El País. cuando las redacciones se convirtieron en oficinas bancarias. Y fue necesario que se exiliara a Beirut para poder escribir sobre la memoria de dos amigos, Terenci y Manolo. Ese irse voluntario, le trajo el Premio Nadal.

Son muchos ejemplos los que encuentro y busco para reafirmarme en el noble arte de exiliarse y poder escribir con libertad sobre lo que ese yo desconocido, en otro lugar, es capaz de crear, liberado de ataduras morales, sociales, económicas, ideológicas, familiares, etc. Es como un lugar de paz donde uno va porque como dice Freud, estoy tranquilo porque he matado a mis padres. En ese lugar, el desconocido que escribe por mí, puede ofrecerle trabajo a mi padre de pirata o traficante de drogas y hacer de mi madre, la más puta de todas señoras o la más señora de todas las putas. Es la isla donde naufraga, a cada instante, mi nave cuando me enfrento a la hora de crear un texto.

Es un viaje al que nadie debería renunciar. Ni tan siquiera los bancarios redactores periodísticos cuyo trabajo está, tan a la baja, que Maruja decía que ahora ya no se les paga -ni a ellos ni a los corresponsales- porque a los periódicos ya no les interesa informar; invierten en bolsa.

Es la triste realidad. Pero pese a ellas, la realidad y la tristeza, hay que hacerse fuertes en la palabra de Jodorowsky y dejarse fluir. No hay que buscar permanentemente los por qués a todo. Simplemente hay acontecimientos que no los tienen. Por eso yo ya me he acostumbrado a no buscarlos.

Me ahorro esfuerzos para otro viaje: el de mi exilio.